BCNiS+ es un espacio donde hablamos de comunidad, consentimiento, deseo y libertad.
Es fundamental que nos detengamos a analizar cómo todos esos conceptos se relacionan con cuestiones más amplias y que nos atraviesan a todas las personas que asistimos a eventos o formamos parte de esta comunidad. Feminismo, roles de género o la forma en la que hemos aprendido a vivir nuestra sexualidad nos hace vivir los espacios S+ de una determinada manera.
Hoy hablamos con Alicia Sango en profundiad de como un espacio S+ puede ser un espacio tremendamente feminista si tocamos las teclas adecuadas.
Alicia es artista feminista y explora la sexualidad, el cuerpo y el deseo desde una mirada crítica y profundamente humana. Su trabajo gira en torno a todo aquello que suele quedar fuera de la conversación: los tabúes, las contradicciones, la vergüenza, el placer y las formas en que las normas sociales moldean nuestra manera de relacionarnos con nuestra propia sexualidad.
A través del arte y la escritura, Alicia no busca ofrecer respuestas cerradas, sino abrir espacios para la reflexión, la conversación y el pensamiento crítico.
También es creadora de un programa de Educación Sexual Integral para adolescentes, desde el que trabaja para acercar la sexualidad a las nuevas generaciones desde una perspectiva feminista, libre de estigmas y basada en la curiosidad, el respeto y la autonomía.
Con sus palabras, nos invita a reflexionar sobre la relación entre los espacios sex positive y el feminismo, dos conceptos que a menudo se encuentran, se cuestionan y se enriquecen mutuamente.
Mencionar que todas las piezas graficas contenidas en este articulo forman parte de su catálogo, y que puedes encontrar mas de su arte AQUI
Hace unos meses alguien me hizo una pregunta que me dejó pensando:
¿Son los espacios Sex-Positive espacios feministas?
Como feminista y educadora sexual que trabaja con la adolescencia, esta pregunta me generó bastante curiosidad.
Durante décadas, buena parte del feminismo observó con rechazo a las comunidades BDSM, al mundo kink o a determinados espacios liberales. Algunas prácticas, como las dinámicas de dominación y sumisión, los juegos de poder o algunas representaciones de la sexualidad, parecían incompatibles con un proyecto político que lucha contra las desigualdades, las relaciones de poder o las violencias contra las mujeres.
La pregunta era legítima: ¿cómo puede ser feminista una práctica que reproduce relaciones de poder?
Sin embargo, después de años frecuentando espacios Sex-Positive, la pregunta que yo me hago hoy es otra: ¿Por qué me he sentido más segura como mujer en algunos de estos espacios que en muchos lugares de ocio convencionales?
Durante años aprendí que mi cuerpo es mío, que nadie tiene derecho a invadir mi espacio, que NO es NO y que mi forma de vestir o expresarme jamás debía interpretarse como una invitación.
En definitiva, aprendí que la libertad sexual de las mujeres pasa precisamente por el respeto a nuestra autonomía y nuestros límites.
A pesar de ello, cuando frecuento espacios de ocio convencionales siguen apareciendo hombres que se acercan por detrás sin preguntar, manos que recorren mi cintura sin permiso, comentarios sexuales no solicitados y una sensación constante de vigilancia sobre mi cuerpo.
Aprendí a apartarme, a esquivar, a sonreír incómodamente para evitar conflictos y a asumir que determinadas situaciones forman parte de la experiencia de salir de noche siendo mujer.
Sin embargo, cuando frecuento espacios liberales donde la sexualidad es mucho más visible y explícita, encuentro más diálogo, más comunicación y más respeto.
Cuanto más reflexiono sobre ello, más claro veo que la respuesta no tiene que ver con el sexo, sino con el consentimiento.
Y quizás ahí reside una de las aportaciones más interesantes que las comunidades Kink, BDSM y Sex-Positive pueden hacer al feminismo contemporáneo.
Porque mientras que el feminismo ha centrado gran parte de la conversación sobre el consentimiento en las relaciones sexuales, estos entornos llevan décadas practicando el consentimiento como una forma de relación.
El consentimiento como forma de cultura
Cuando hablamos de consentimiento desde el feminismo, normalmente lo hacemos en relación con una pregunta concreta: ¿Ha consentido esta persona mantener una relación sexual?
Es una pregunta fundamental, sin duda.
Pero también es una pregunta limitada.
Porque el consentimiento no aparece únicamente en el momento de mantener una relación sexual, sino que atraviesa muchas dimensiones de nuestra vida cotidiana.
Está presente cuando nos acercamos a alguien, cuando ocupamos su espacio, cuando iniciamos una conversación íntima, cuando hacemos una propuesta o cuando interpretamos determinadas señales como una invitación.
A pesar de ello, gran parte de nuestras relaciones sociales siguen construyéndose sobre la presunción. Presuponemos interés, deseo, disponibilidad…
Como mujeres estamos profundamente acostumbradas a convivir con estas presunciones.
Y precisamente por eso muchas de las conversaciones sobre consentimiento continúan apareciendo únicamente cuando se ha producido un conflicto.
Las comunidades liberales han desarrollado una mirada muy diferente.
En lugar de preguntarse cuándo existe consentimiento, comenzaron a preguntarse cómo construirlo. La diferencia puede parecer sutil, pero cambia completamente la perspectiva.
El consentimiento deja de ser una respuesta para convertirse en un proceso, una conversación, una práctica, una forma de relacionarse con los límites, el deseo y las necesidades de otras personas.
¿Cuándo comenzó esta historia?
Lo más interesante es que la cultura del consentimiento no es algo reciente.
Sus raíces pueden encontrarse en las comunidades Leather que comenzaron a organizarse en Estados Unidos durante los años 50. Aquellos primeros espacios, vinculados principalmente a hombres homosexuales, desarrollaron formas de encuentro y códigos comunitarios propios en una época marcada por la persecución social y legal de las sexualidades disidentes.
Durante los años 70 comenzaron a aparecer las primeras organizaciones BDSM modernas. En ciudades como San Francisco o Nueva York surgieron lugares donde no solo se compartían prácticas eróticas, sino también espacios de encuentro, aprendizaje y apoyo mutuo.
Fue en estos entornos donde empezaron a desarrollarse muchas de las herramientas que hoy asociamos a la cultura del consentimiento: la negociación previa, los límites explícitos, las palabras de seguridad o la posibilidad de retirar el consentimiento en cualquier momento.
Mientras gran parte de la sociedad evitaba hablar abiertamente sobre deseo, límites o sexualidad, estas comunidades estaban convirtiendo esas conversaciones en una práctica cotidiana.
Durante la década de los 80 muchas feministas consideraban que el BDSM reproducía las relaciones de poder del patriarcado y cuestionaban su compatibilidad con la liberación de las mujeres. Frente a ello surgieron feministas pro-sexposive que defendían una idea diferente: una práctica no debía juzgarse únicamente por su apariencia, sino por las condiciones en las que se desarrollaba.
En este contexto aparecieron organizaciones como Samois, formadas por lesbianas BDSM que reivindicaban el feminismo, la autonomía sexual y la importancia del consentimiento.
Fue también durante estos años cuando se popularizó uno de los principios de estas comunidades: Safe, Sane and Consensual (Seguro, Sensato y Consensuado).
En España, las primeras comunidades comenzaron a consolidarse durante los años noventa y encontraron en Internet una herramienta fundamental para crecer durante los años 2000. Foros, listas de correo, encuentros y asociaciones permitieron que muchas personas descubrieran que no estaban solas y empezaran a construir espacios basados en principios compartidos: comunicación, negociación, límites y responsabilidad mutua.
Como vemos, mucho antes de que el consentimiento se convirtiera en un tema central dentro del debate público, estas comunidades ya estaban construyendo códigos éticos alrededor de él.
¿Qué hace que un espacio se sienta seguro?
Después de conocer esta historia, quizás no se trata de preguntarnos si un espacio es seguro o no. Quizás se trata de preguntarnos qué prácticas relacionales se fomentan en él.
Lo que he podido encontrar en espacios Sex-Positive es una cultura de la comunicación, donde preguntar no se interpreta como una pérdida de espontaneidad.
Donde cambiar de opinión no supone un problema.
Donde los límites no se entienden como obstáculos, sino como información necesaria para relacionarse mejor.Y todo esto se traduce en seguridad.
Y cuando esa seguridad aparece, ocurre algo interesante:
La libertad deja de ser una consigna y se convierte en una experiencia real.
¿Puede un espacio Sex-Positive ser feminista?
Después de todo este recorrido sigo sin tener una respuesta definitiva.
Probablemente porque es difícil que exista una única forma de entender el feminismo ni una única forma de habitar los espacios Sex-Positive.
Tampoco porque estos espacios estén libres de conflictos, contradicciones o dinámicas de poder. Porque no lo están.
Pero quizás la pregunta más interesante no sea si son espacios feministas.
Quizás la pregunta sea qué puede aprender el feminismo contemporáneo de las culturas del consentimiento que estas comunidades llevan décadas construyendo.
Porque si algo muestra este recorrido es que algunas de las conversaciones más profundas sobre autonomía, límites y respeto mutuo no surgieron en los lugares y entornos en los que creíamos encontrarlas. Surgieron en comunidades que durante
mucho tiempo fueron rechazadas, marginadas y mal vistas.
Y tal vez ahí resida la paradoja que dio origen a este artículo.
Que algunos de los espacios más estigmatizados por su relación con la sexualidad han desarrollado, al mismo tiempo, algunas de las prácticas más sofisticadas para garantizar que la sexualidad pueda vivirse de forma libre, consciente y respetuosa.
No sé si eso basta para considerarlos automáticamente espacios feministas. Pero sí creo que nos obliga a mirar de nuevo una pregunta que hemos dado por resuelta demasiado rápido:




