El negro suele ser el uniforme del deseo en la comunidad sex positive y fetish generalmente.
Pero esta noche, el deseo ha decidido iluminarse y vestirse de blanco con destellos plateados.
Enfrentarme a la propuesta de la Winter Fetish Ball de Kitty Playground fue, desde el inicio, un ejercicio de deconstrucción estética, pues mi armario es enteramente negro. Por primera vez, la transformación no comenzó frente al espejo minutos antes de salir, sino semanas atrás. Confié mi atuendo al ojo clínico de las chicas de Studio Min, cuya curaduría siempre logra capturar las masculinidades desde un ángulo disruptivo.
El proceso fue muy divertido. Desde el unboxing (publicado en mi IG), un gesto de anticipación que nunca antes me había permitido, hasta el tiempo que dediqué a recorrer tiendas buscando un maquillaje que hiciera juego con el outfit. El resultado fué un top blanco, manga larga, drapeado y transparente, ceñido al cuerpo, que jugaba con lo que se muestra y lo que se intuye, un chaleco crop y un bóxer, ambos en un plateado mercurial, y calzado blanco. Para el rostro, un maquillaje que simulaba un antifaz plateado y me costó trazos de paciencia, junto a una media cola alta en el cabello recién cortado con muchos brillos, porque nunca son demasiados. Estaba listo el atuendo de hielo, metal y destellos.
Como parte habitual del staff de Kitty Playground, llegué al Imperial cerca de las 9:30 p. m. para la reunión previa del equipo. Si la memoria y la cuenta no me fallan, sumo hasta el momento unos quince eventos colaborando con ellos.
Desde que ingresé, la atmósfera se sentía diferente: la habitual iluminación roja que siempre prevalece había cedido su lugar a una claridad blanca de tonos azulados. La decoración ya se dejaba ver mientras, en la sala de baile, se ultimaban los detalles de la ambientación.
A las 10 de la noche las puertas se abrieron, dando la bienvenida a los asistentes. En el primer punto de control, W y Alex se encargaron de hacer cumplir el código de vestimenta con la seriedad necesaria, asegurando que la elegancia en tonos blancos y plateados, así como los atuendos kinky clásicos, deslumbraran desde el ingreso. El evento también contó con el pop-up de Studio Min, atendido por Andrea, cuyas prendas ofrecían los toques finales perfectos a los outfits.
Mientras tanto, las piezas hechas a mano de Rumi Shop añadían la joyería necesaria para elevar la estética de la noche en el puesto que estaba justo a mi lado, atendido por Sasha.
Desde mi puesto, fui testigo de un fenómeno fascinante: la mayoría de los asistentes no solo respetaron el código, sino que lo abrazaron con fervor.
El blanco, el tornasol y las transparencias inundaron el vestíbulo. Allí, los anfitriones sellaban el equilibrio visual: La Maléfica, una bruja del mal exquisitamente vestida de negro, y Dragon Warrior, una presencia imponente en blanco total. Juntos eran el complemento perfecto de la fiesta.
Luego de ser recibidos por ellos, los asistentes pasaban a registrarse en el counter central atendido por Carlos y, posteriormente, pasaban por mi estación.
Esa noche, como la mayoría de las veces, estuve encargado de la entrega de las pulseras de intención.
Tres colores, tres lenguajes: rojo para quienes buscaban la contemplación, el baile y la música; amarillo para quienes abrían la puerta al diálogo; y verde para quienes estaban dispuestos a la interacción física.
Estas últimas se agotaron incluso antes de que terminara mi turno, evidenciando que la fiesta iba a ser salvaje. Pero, por encima de los colores, impera un mantra innegociable: el consentimiento.
En este espacio, el sí debe ser claro, efusivo y consciente; solo así la libertad es plena.
A la una de la mañana, con el local a rebosar y las puertas cerradas, concluyó mi labor de staff para dar paso a mi experiencia personal.
Como mencioné antes, la decoración de Olga Rumi, que había transformado el club. En el hall que conecta la sala de baile con las mazmorras, un entorno polar de ramas blancas y fondos níveos creaba el escenario perfecto para que Retraturia inmortalizara la estética de los cuerpos que se aventuraban a posar ante su lente.
Valsectomy abrió fuego con beats enérgicos que rompieron el hielo inicial. Luego, Eva Toya elevó la noche a una dimensión casi mística: sus vocales en vivo, reverberando sobre ritmos industriales, me transportaron a un desierto congelado bajo una luna llena que iluminaba la topografia de esta distopía gélida y del placer. Finalmente, Kleyver inyectó una energía cinética que mantuvo los cuerpos en un movimiento perpetuo, mientras los visuales, perfectamente integrados, terminaban de cerrar el círculo conceptual de la noche.
En los diversos momentos en que me acerqué al área de fiesta para disfrutar de la música, pude corroborar lo que ya había visto mientras entregaba las pulseras, el outfit de casi la mitad de los asistentes eran de color blanco y plateado.
Al descender a las mazmorras, el aire cambió.
Los pasillos laberínticos, habitualmente oscuros, se sentían distintos bajo el estímulo visual de las pieles envueltas en blanco y plata.
En este espacio de sombras y libertad, la seguridad es siempre la prioridad, las salas estuvieron custodiadas en todo momento por el Awareness Team, cuya presencia discreta garantizaba que el respeto fuera la norma en cada rincón. Es precisamente esa red de cuidado invisible la que otorga a los asistentes el permiso implícito para explorar sus límites con confianza.
Bajo ese amparo, en una esquina, una pequeña multitud observaba en silencio absoluto afuera de una habitación.
Dentro, Anubix vertía cera caliente sobre un cuerpo que respondía con alaridos donde el dolor y el placer se volvían indistinguibles. Aquella escena desató la libido de los presentes; las caricias y los besos empezaron a brotar espontáneamente entre los observadores. El deseo se apoderaba de ellos y el consentimiento efusivo brotaba con total naturalidad.
Al continuar mi recorrido por los pasillos de la mazmorra hacia las salas grupales, el ambiente se sentía cada vez más vibrante.
Me descubrí más animado y audaz, contagiado por la liberación y la intensidad de la escena que acababa de presenciar. En un gesto espontáneo de apreciación, comencé a elogiar los outfits y maquillajes de quienes me cruzaba. La respuesta fue inmediata y recíproca; una sonrisa, un asentimiento o un cumplido de vuelta. Se respiraba una suerte de respeto mutuo y admiración por el esfuerzo invertido en cada caracterización, un espacio donde la expresión personal se celebraba sin reservas.
En este escenario, la iluminación blanca e indirecta jugaba un papel fundamental, pues no solo otorgaba visibilidad a las vestimentas, sino que realzaba de manera espectacular los matices de cada maquillaje.
En la Sala Redonda se respiraba una comunión orgánica. Me detuve un momento a observar cómo aquel cúmulo de personas se movía como un solo organismo vivo, una masa de deseo sincronizado donde se compartían risas, bebidas y propuestas con absoluta fluidez.
En la Sala Jaula, los juegos en el columpio y el taburete se sucedían bajo la mirada de quienes, tras las rejas, parecían felices de cumplir su condena al regocijo eterno.
Pero fue en la Sala X donde la energía alcanzó su cenit. En ese espacio, el ritmo de los cuerpos se sincronizaba con los beats como en una danza tribal alrededor de una fogata invisible.
Intercambios, tríos y grupos se formaban con la naturalidad de quien respira; una desinhibición total bajo el pulso del techno.
En ese instante, la paradoja se hizo carne: nunca un invierno había sido tan caliente.
Subí a la barra buscando refrescar el cuerpo.
La pista superior aún vibraba con los últimos sobrevivientes de la fiesta. Me uní a ellos, dejándome llevar por una sensación de levitación, como un barco a la deriva en un mar de dopamina.
La noche llegaba a su fin, pero yo me resitía.
De pronto, un destello potente iluminó todo el club, reclamando el fin del sueño.
Pero el hechizo no se rompió del todo; los que quedábamos nos negábamos a marchar, estirando las conversaciones y terminando las copas.
Mientras tanto, el equipo invisible, aquellos que sostienen la estructura de la fiesta, comenzó su danza final. Recoger vasos y botellas, limpiar superficies, retirar la ornamentación. En fin, devolver el orden al caos.
Hasta que, inevitablemente, llegó el momento de despedirme.
Salí al frío de Barcelona con el eco de los beats en los oídos y la piel aún encendida.
La Winter Fetish Ball no fue solo una fiesta; fue la prueba de que, incluso en el invierno más gélido, el deseo puede arder y permanecer dentro de ti.
Fdo: Radamanthys
Fotografias: Retraturia



