The RItual VI Sauvage Swinger Club

The Ritual VI en Sauvage: La Crónica

Son las 9:35 de la noche y me apresuro a alistarme para mi primera «The Ritual», fiesta S+ que organiza Sauvage Swinger Club en su local de Avenida Madrid 136, en Barcelona.

En esta ocasión, no asisto como un simple espectador, sino como parte del staff de Studio Min, marca de vestimenta fetish para masculinidades a la que apoyo habitualmente, tanto con el montaje del stand en las fiestas como modelo de la marca.

Por este motivo, la llegada al local a las 10:40 p.m. se convierte en una carrera contra el reloj, mientras, simultáneamente, el espacio cobra vida a nuestro alrededor: los organizadores ultiman detalles, al tiempo que el fotógrafo, prueba sus diversos lentes e iluminación para capturar la atmósfera perfecta.

Finalmente, a las 11:00 p.m., se abren las puertas al público.

The Ritual en Sauvage Swinger Club

Para orientar espacialmente al lector, es precisa una descripción del recinto.

Desde la calle se accede a un espacio de transición delimitado por una reja exterior y marcado por un aplique en la pared derecha con el logo de Sauvage.

Al cruzar la puerta de acceso, nos acoge un recibidor cerrado con aislamiento acústico, donde el sonido de la ciudad casi desaparece, reemplazado por un barullo sordo que se filtra desde la puerta frontal. Tras pasar, un largo e imponente counter que sirve como punto registro, guardarropa y entrega de pulseras numeradas para los consumos que realices junto con las llaves de los lockers.

Studio Min en Sauvage Swinger Club

Continuando, se abre un hall distribuidor: a la izquierda, unas escaleras descienden hacia la zona de baños y vestidores, que, dicho sea de paso, son amplios y cómodos; mientras que de frente continúa una amplia escalinata que llega a un descanso donde se ubica una puerta doble a su derecha, quedando un espacio libre a la izquierda, donde se ha instalado el stand de Studio Min.

Al subir la escalinata y cruzar el umbral, se accede a un pasillo longitudinal donde los latidos de la música comienzan a percibirse. En este espacio de transición, a la derecha, destaca una silla tipo trono flanqueada por dos colmillos ornamentales de gran escala, tallados a manera de tótems. Este espacio es característico del local y un spot genial para fotografías. A su vez, hacia la izquierda, recorriendo el pasillo llegamos a la sala principal, una nave diáfana de techo alto con iluminación suspendida y protagónica, hecha con módulos LED lineales dispuestos en patrones hexagonales, generando en el recinto una intensa atmósfera lumínica roja, el color característico de la comunidad sex-positive.

Desde este punto diviso al fondo la barra, mientras que a su derecha se eleva un espacio tipo lounge que integra al DJ y el escenario principal. El flanco izquierdo se define por zonas de estancia con mobiliario fijo, mesas y puffs. Y alzando la vista, se descubre una plataforma elevada, accesible mediante una escalera próxima a la barra, dotada de mesas altas y bancos que ofrecen una panorámica privilegiada de todo el espacio y además sirve de preludio hacia las verdaderas entrañas de Sauvage: la zona de juegos.

The Ritual VI Dani Barrientos Fotografia

Al penetrar en la zona de juegos, el mundo exterior se disuelve.
Es como habitar una dimensión paralela que, lejos de ser ajena, se siente inquietantemente familiar; una memoria oculta de tus anhelos más profundos, un eco directo del propio subconsciente y una conexión visceral con el instinto primitivo.

Además, el paisaje sonoro se transforma: se distinguen a lo lejos alaridos de éxtasis, risas cómplices y susurros, mezclados con el sonido inconfundible de cuerpos frotándose.
Un pasillo de gran profundidad y en penumbra actúa como eje articulador de las estancias que se abren a sus laterales. Entre ellas, destaca una sala que rápidamente se convierte en mi favorita, equipada con mobiliario específico para cubrir todo tipo de deleite. Cada elemento contiene su propio universo: una gran cama redonda donde un grupo de figuras, algunas desnudas, otras en arneses y lencería, se entrelazan con intensidad, como si de ello dependieran sus vidas. A su lado, la ergonomía del sillón tántrico invita a la exploración, mientras que la tensión alcanza su punto máximo con la Cruz de San Andrés y el taburete de castigo, donde observo a una persona recibiendo latigazos, cuyos gritos, lejos de romper la armonía, mutan hacia el goce. Al fondo se abre un espacio de privación sensorial, un dark room, donde la oscuridad absoluta provoca una sensación de ingravidez.

Cherry Valentine Sauvage Swinger Club

Otras estancias se encuentran conectadas interiormente por una cama de tal longitud que atraviesa los muros, sugiriendo que la única vía para recorrer el ambiente es a través de ella, abriéndose paso entre siluetas ávidas de dar y recibir satisfacción.

En este tramo, las escenas cobran una furia distinta, con embestidas poderosas y ágiles.
En definitiva, la zona de juegos es un recinto que funciona como un verdadero templo a la desinhibición, donde la vestimenta (cueros, cadenas, látex, entre otros atuendos fetish) potencia la atmósfera ritualística que estoy atestiguando. Aquí, lo lascivo se despliega sin reservas bajo el amparo de un consentimiento mutuo y explícito, donde los límites corporales se difuminan. Los gemidos se sincronizan en una sinfonía carnal que se acompaña con miradas que generan tensión y que estremece los sentidos, consolidando una experiencia inmersiva enriquecedora.

Al regresar al mundo terrenal nuevamente, me ubico en la zona elevada, con una vista privilegiada que domina la pista de baile y el escenario.

Allí, una silueta emplumada de un blanco inmaculado se contonea al ritmo de los beats. Esa forma etérea se revela como dos inmensos abanicos, manipulados con gracia. Es Cherry Valentine, quien ejecuta una danza seductora, despojándose lentamente de algunas prendas para ir revelando su piel.

A lo largo del acto, los gigantescos abanicos la envuelven y la descubren intermitentemente, acentuando el misterio y la sensualidad de su figura, mientras ella domina la escena con una presencia imponente.

El público, cómplice de sus juegos y seducción, ha sido hipnotizado, y el ambiente se siente mucho más enérgico, manteniéndose así aun al terminar el show.

Mistress Morrigan y WIld Pony

La fiesta continúa y, de repente, en el escenario, aparece un marco cuadrado metálico de aproximadamente dos metros de lado. Este contiene cadenas dispuestas de forma similar a una red de araña, con muñequeras enganchadas que cuelgan. La expectación se acentúa al iluminarse de un color verde, un tono que contrasta con la atmósfera general, predominantemente roja.

Mientras tanto, los beats del DJ se aceleran progresivamente y la energía del ambiente va subiendo.

En un instante, se materializa en el escenario Miss Morrigan, armada con un fusil negro largo, con luces estroboscópicas y mira láser que apunta a la gente, dispuesta a dispararles con balas de regocijo. También aparece Wild Pony, ataviado con un traje negro, casi de látex, con ojos rojos brillantes y una cola muy larga que se curva hacia el cielo. Él parece ser el artífice del plan y Morrigan, la ejecutora.

Ella comienza a subir al escenario a varias personas , como si los estuviera condenando. A su vez, Wild Pony los va maniatando en esta red.

Primero son cuatro, luego siete, y se van sumando hasta alcanzar alrededor de trece o quince. Bajo una luz verdosa, que realza el éxtasis de los rostros, los gestos provocadores y las miradas lujuriosas.

Las pieles rozan, celebrando su condena con júbilo, abandonándose a sus deseos más íntimos, trascendiendo como el auténtico ritual del evento. Es una entrega colectiva, una comunión profunda, un acto de fe compartido que se siente, en ese preciso instante, como la única realidad existente.

Los beats del DJ nos regresan a la realidad, donde el baile se convierte en un ritual más íntimo, de caricias consentidas y miradas penetrantes bajo la penumbra roja, donde el tiempo se disuelve y la visceralidad trasciende hasta el amanecer.

Fdo: Radamanthys
Fotografias: Dani Barrientos