“Sex positive” es una de esas expresiones que se repiten tanto que corren el riesgo de vaciarse. Aparece en biografías de Instagram, en descripciones de eventos, en flyers, en discursos bienintencionados.
Pero cuando todo es sex positive, la pregunta inevitable es: ¿qué significa realmente?
Porque ser sex positive no es solo hablar de sexo sin bajar la voz.
Tampoco es acumular cuerpos, prácticas o experiencias como si se tratara de un currículum.
Y desde luego no es una obligación de desear, de participar o de estar siempre disponible.
En realidad, el sex positive empieza mucho antes de tocar a otra persona.
Empieza en la relación que tenemos con nuestro propio cuerpo.
Con cómo lo miramos, cómo lo escuchamos y cómo respetamos sus límites, especialmente cuando no coinciden con lo que se espera de nosotres.
Ser sex positive también es poder decir “no”, poder parar, poder observar sin participar, poder cambiar de opinión sin dar explicaciones.
En la práctica, una escena verdaderamente sex positive no es la más explícita, sino la más consciente.
Es aquella donde el consentimiento no es una fórmula aprendida, sino una conversación viva.
Donde el deseo no se presupone, se pregunta.
Donde el cuidado no es un añadido, sino la base sobre la que todo lo demás puede ocurrir.
Más allá de la etiqueta, el sex positive tiene mucho que ver con desmontar jerarquías: entre cuerpos normativos y no normativos, entre experiencias “válidas” y “menos interesantes”, entre quienes saben y quienes están empezando.
No hay una única manera correcta de vivir el sexo, el kink o la intimidad.
Y cuando una escena se vuelve rígida, excluyente o performativa, deja de ser positiva, aunque conserve el nombre.
También implica revisar el contexto.
Un espacio puede ser oscuro, intenso, explícito y aun así profundamente respetuoso.
O puede estar lleno de discursos liberadores y reproducir dinámicas de presión, silencio o abuso.
El sex positivity no está en la estética, está en cómo se sostienen las relaciones que se crean dentro de ese espacio, aunque duren solo una noche.
En ciudades como Barcelona, donde la escena S+ ha crecido y se ha diversificado, el concepto adquiere una dimensión colectiva.
Ser sex positive no es solo una postura individual, es una responsabilidad compartida: cuidar al otro, al entorno, a la comunidad.
Crear lugares donde la libertad no sea una promesa abstracta, sino una experiencia real y segura.
Quizá por eso, más que una identidad, ser Sex Positive es un proceso. Algo que se practica, se revisa y se aprende con el tiempo. Un ejercicio constante de escucha, de honestidad y de presencia. Un recordatorio de que el deseo florece mejor cuando no está forzado, cuando no tiene que demostrar nada, cuando puede ser tan suave o tan intenso como necesite.
Al final, ser sex positive no va de hacer más, sino de hacerlo mejor.
Con más conciencia.
Con más cuidado.
Con más verdad.
Y tal vez ahí, lejos de la etiqueta, es donde empieza todo.
5 preguntas para saber si eres tan “sex positive” como crees…
— ¿Puedo expresar mi deseo —o mi falta de deseo— sin sentir culpa, presión o necesidad de justificarme?
— ¿Respeto los límites de otras personas con la misma naturalidad con la que quiero que respeten los míos, incluso cuando eso frena una fantasía o una expectativa?
— ¿Entiendo el consentimiento como una conversación continua (miradas, palabras, gestos, cuidados) y no como un simple “sí” inicial?
— ¿Vivo el sexo y el kink como un espacio de autenticidad y conexión, o como algo que hago para encajar, impresionar o cumplir con una imagen?
— ¿Contribuyo a crear entornos más seguros, inclusivos y cuidadosos para otras personas, o solo pienso en mi propia experiencia?
¿Eres tan Sex Positive como creias?




